
No recuerdo un solo momento feliz en mis 35 años de vida. ¿Crees que sabes lo que es sufrir? Sinceramente, no lo creo. ¿Has escuchado los horrores que sufren los refugiados en Libia? Yo los he vivido.
Cuando cumplí los 22 años, pagué a una mujer para venir a Europa porque en mi país, Nigeria, no había nada para mí. Pero una vez en Libia, me dijo que se le había acabado el dinero y que me había tenido que vender a otra persona. Yo estaba sola allí, sabía que si no obedecía me pegarían y sabe Dios qué más, así que no me quedaba más que obedecer.
En Libia, los hombres no utilizaban protección cuando se acostaban con nosotras, así que teníamos que meternos cosas en el cuerpo para no quedarnos embarazadas ni coger enfermedades. Cuando te prostituyes, rezas para que no te maten, para que no te peguen. Pierdes la esperanza porque tu suerte está en manos de desconocidos. Asesinaban a mujeres, otras desaparecían. Me estuvieron prostituyendo durante dos años. Tuve suerte porque no me contagié de ninguna enfermedad de transmisión sexual, como le pasó a muchas otras mujeres. Recuerdo que, durante ese tiempo, me iban llegando las noticias de la gente que se ahogaba intentando llegar a Europa. Al final, conseguí huir y volví a Nigeria. Fue en 2011, justo antes de que comenzase la guerra en 2011.
Soy huérfana, así que me fui a vivir con mi tío. Una vecina me dijo que era muy guapa, que en Europa no me faltaría trabajo y me ofreció pagarme el viaje a cambio de que cuidase a los hijos de un familiar suyo que vivía aquí. Me compró un vuelo a Italia y de ahí otro a Málaga. Allí me esperaba una mujer. Una vez en la casa me dijo que me tenía que prostituir. No me lo podía creer. Otra vez. No me lo podía creer. La vida no es fácil para la gente como yo. Me llevaban a un descampado cerca de un basurero a las afueras de la ciudad. Era horrible. Un día, llegaron unos policías y me llevaron a la comisaría. Me alegré tanto. Estaba feliz, era mi salida de la prostitución y, creía, mi acceso a una vida normal. Pero, sencillamente, me dejaron en libertad. Yo le dije a la mujer que si me obligaba a prostituirme, la denunciaría. Pero ella me amenazó física y psicológicamente y, como no funcionó, llamó a mi tío para contarle lo que estaba haciendo y para amenazarle a él también. Me dio igual. Le dije que trabajaría en lo que fuese para pagarle los 16.000 euros que me reclamaba por el viaje, pero que no volvería a la calle.
Volví a huir. Cogí un autobús a Barcelona y de ahí, otro a Italia. Allí conocí a mi marido. Era dulce. Y me quedé embarazada. Y luego tuve otros tres hijos. No quiero explicar la razón, pero, entonces, me tuve que ir a Alemania yo sola con mis niños. Al principio estábamos muy bien, teníamos una habitación para vivir los cuatro y una ayuda económica con la que comer. Pero, después, rechazaron mi solicitud de asilo porque ya la había presentado en Italia con la misma suerte. Entonces nos quedamos sin techo ni comida. Fue horrible. No me lo podía creer, otra vez teníamos que cambiar de país. Cogimos un autobús y nos vinimos a Córdoba donde conocía a alguien que, pensé, nos podía ayudar. Terminamos viviendo en la calle. Tras tres noches al raso, la policía nos recogió y nos trajo a Ödos. Así que sí, alguien nos ayudó.
Aquí intentan darme esperanza. La he perdido tras tantos problemas y tanta soledad. He pasado demasiado tiempo sola desde muy pequeña. Antes era cristiana, ahora no creo en ninguna religión, solo en Dios. Le pido lo único que necesito: un trabajo y papeles para poder empezar a construir una vida. Mis hijos necesitan quedarse en un sitio, poder aprender un idioma en el que comunicarse. Cuando llegamos a España, tardaron tres meses en empezar a hablar porque sentían que volveríamos a cambiar de lugar. Yo fui muy poco al colegio. Me gustaría que ellos sí pudieran formarse e ir a la universidad.
¿Un deseo? Que los ricos se preocupen más por los pobres, que en lugar de dedicar tanto tiempo a Instagram, Facebook y otras redes sociales, compartan lo que tienen, especialmente con quienes viven en la calle. No saben lo dura que es la vida para nosotros. ¿Creen que saben lo que es sufrir? No lo creo.
Las consecuencias de la desprotección estatal
Quienes no conocen la espiral de la pobreza y el racismo institucional suelen sorprenderse ante la concatenación de violencias, tragedias e injusticias que pueden llegar a sufrir quienes, sencillamente, buscan oportunidades y derechos para una vida digna. Por eso, Jessica subraya que solo necesita dos pilares para poder salir de la marginalidad y la clandestinidad: ser documentada por el Estado y un empleo. Sin ellos, seguirá siendo dependiente de quien pueda ofrecerle un techo y comida para sus hijos. Y esa vulnerabilidad es la que las redes criminales están listas para explotar una vez que las mujeres migrantes han llegado a Europa. Es la llamada “trata sobrevenida”, la que somete a las mujeres una vez que han llegado a los países del Norte Global y a la que menos atención prestan las instituciones porque es posible, precisamente, gracias a la desprotección estatal. La lucha de Jessica para salir de la clandestinidad es, también, una forma de protegerse de la trata con fines de explotación sexual.
“Hazte visible”
“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

















