Patricia Simón es reportera especializada en derechos humanos y escritora. Su último libro es Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio (Debate, 2022). 

"Las mujeres que pasan un tiempo en el proyecto Ödos solo suelen ser noticia en el instante en el que desembarcan en un puerto del sur de Europa tras sobrevivir a un largo viaje migratorio. Apenas una imagen: alguien envuelto en una manta roja. Poder conversar con ellas en un espacio de confianza y tranquilidad nos permite descubrir la hondura del proceso migratorio: seres humanos que no se resignan a la violencia y a la falta de derechos y que emprenden un éxodo en busca de seguridad y oportunidades".

Patricia Rodríguez Mejías y la psicología que aprende de las mujeres migrantes

Patricia Rodríguez Mejías y la psicología que aprende de las mujeres migrantes

Abril 2022

mirada patricia rodríguez

 

Comencé a trabajar en Ödos en marzo de 2018, cuando se creó el proyecto, como educadora. Ahora soy psicóloga y trabajar con estas mujeres me ha transformado personal y profesionalmente. Antes las veía como tanta otra gente, como las pobrecitas que venían porque no tienen para comer. Ahora las veo como lo que son: mujeres con un enorme coraje, con la determinación necesaria para migrar en busca de derechos y para impedir que sus criaturas sufran las violencias que ellas han vivido. Para, en definitiva, ofrecerles unas vidas con oportunidades.

 

En Ödos nos esforzamos para que durante las semanas o los meses que permanezcan en el centro, encuentren un espacio de seguridad y tranquilidad donde se puedan restablecer tanto física como emocionalmente. Y, también, para que interioricen que lo más importante para protegerse, una vez que están en Europa, es que se hagan visibles. Porque llevan meses o, incluso, años en un viaje migratorio en el que la supervivencia dependía de su invisibilidad, de que pasaran desapercibidas. Ahora es lo contrario, tienen que saber que allá donde se establezcan, deben empadronarse ellas y sus hijos. Si yo fuese a sus países, serían ellas las que me podrían dar estas claves porque son quienes conocen el contexto. Como están aquí, se las damos nosotras. Pero son ellas las que nos enseñan cada día lecciones de vida con su fortaleza y su determinación para afrontar los problemas.

 

Muchas de estas mujeres están huyendo de la violencia machista ejercida por sus maridos, de matrimonios forzosos o para proteger a sus hijas de la mutilación genital femenina. Pese a que ellas la sufrieron de pequeña, siguen recordando con todo detalle los gritos, el dolor, el miedo.

 

El daño que deja la violencia de género les provoca problemas para dormir, para concentrarse. Por eso, las acompañamos para que fortalezcan su autoestima y que se pongan ellas por delante, como primera persona, para que no repitan los mismos patrones en las siguientes relaciones. Pero ese es un proceso a largo plazo en el que nosotras, en las semanas o meses que están con nosotras, solo podemos darles algunas herramientas.

 

patricia rodríguez

 

En el caso de los niños y niñas que, en muchos casos, han sufrido un proceso migratorio muy violento, tienen mucho miedo al abandono. En ocasiones, sus madres han tenido que dejarles al cuidado de otras personas mientras trabajaban para conseguir el dinero con el que seguir el viaje. Así que en los primeros días que están en el centro, si llegan del colegio y no las ven o, incluso cuando nosotras, la trabajadoras de Ödos, nos despedimos para irnos a nuestras casas, se ponen muy nerviosos. Nos dicen cosas como “Tú no me quieres porque te vas”. Por eso, les enseñamos que aunque no veas a una persona no significa que no esté y que no se preocupe por su bienestar.

 

También abordamos con ellos la educación afectivo-sexual para que aprendan a detectar conductas inapropiadas. Un niño o una niña que ha sufrido abusos no sabe distinguir qué es normal porque a la persona responsable no le ha pasado nada. Así que a través de recursos como el cuento Ni un besito a la fuerza les enseñamos a distinguir entre los besos que quieren recibir y los que no.

 

Cuando escucho todo esos discursos de odio que hay contra las personas migrantes pienso que solo son posibles porque se sostienen en el desconocimiento. Si conocieran a cada una de estas personas no se atreverían a hablar de ellas a la ligera.

 

Hay un niño en el centro que ha pasado por situaciones de muchísima violencia y al que le gusta mucho jugar con armas. Un día, le pregunté por qué jugaba con ellas si sabía que no eran buenas. Me respondió: “Lo sé, pero si no son buenas ¿porque las producen?”.
Me marcó mucho su respuesta porque los adultos damos por sentadas muchas cosas y no paramos de contradecirnos. Cada mujer y cada niño y niña de los que conozco en Ödos me enseñan a diario, no solo sobre ellos sino, especialmente, sobre mí misma.


 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

Victory y la verdad

Victory y la verdad

Febrero 2022

mirada victory

“Nací en Nigeria hace 24 años. Mis padres me abandonaron para formar otras familias. Hasta los trece años me crió una tía por parte de madre. La quería mucho, pero murió cuando yo tenía 13 años. En Nigeria, mucha gente se muere muy joven”.

Nigeria es un país de 206 millones de habitantes: la mitad vive en la extrema pobreza y casi 90 millones, sin acceso a la sanidad más básica. La carencia de lo elemental lo erosiona todo, también las estructuras familiares, como explica Victory, serena y con una precisión notarial. No lamenta, ni recrimina, solo describe lo más destacado de su infancia. Y cuando lo rememora, ella misma se vuelve un poco niña.

“Entonces, me trasladé a vivir con mi madre y su marido empezó a acosarme. Se lo dije y me acusó de querer romper su matrimonio. No me creyó. Conseguí la dirección de mi padre y fui a su casa. Le conté todo lo ocurrido, no me quería, pero me dejó quedarme a cambio de hacerlo todo en la casa antes de ir al colegio. Su esposa me pegaba cuando mi padre estaba de viaje y me amenazaba con echarme de la casa si se lo decía”. Sentada en una sala de la Fundación Ödos, podría estar en cualquier sitio porque narra desde un lugar flotante: el de aquella adolescente que no paró de buscar un lugar seguro hasta que llegó a España.  

A los 17 años, una tía de mi madre me encontró en tan malas condiciones que me llevó a vivir con ella. Su marido también intentó abusar de mí y cuando se lo conté, tampoco me creyó. ¿Por qué todo el mundo piensa que miento? Nadie me creía”.

Victory procede de un país azotado por la pandemia de la violencia sexual. Según las Naciones Unidas, una de cada cuatro mujeres nigerianas la ha sufrido o sufrirá antes de los 18 años de edad. Por eso, en 2020, activistas de asociaciones lideradas por mujeres marcharon por distintas ciudades del país para exigir que el Gobierno aplicase medidas contundentes. Se declaró un estado de emergencia por las violaciones de mujeres y niñas. Pero, según un informe de Amnistía Internacional, no ha servido para frenar un sistema depredador basado en la impunidad: solo en 2020, se reportaron 11.200 violaciones, incluidas dos niñas que murieron como consecuencia de la agresión. Y según esta misma organización, estas cifras son solo la punta del iceberg. De esta otra pandemia es de la que Victory huyó:  

“Un día, una amiga de mi tía se me acercó para decirme que ella sí me cuidaría, que me llevaría al colegio. Pensé que otra vez me estaban contando la misma historia de siempre. Le pregunté varias veces si realmente me iba a tratar bien y si iba a dejarme seguir estudiando. No tenía nada que perder, así que me fui con ella a Costa de Marfil”.

Para entonces, Victory ya había cumplido 19 años: según datos de UNICEF, el 40% de las niñas de Nigeria se casan antes de los 18 y casi cinco millones nunca han sido escolarizadas. Y, pese a todo, la situación es sustancialmente mejor que hace apenas quince años.

“Poco después de llegar a Abiyán, me dijo que tenía que ponerme a trabajar. De nuevo, adiós a estudiar. Comencé a limpiar en una casa, donde además cocinaba y cuidaba a los niños. Un día, escuché a la señora hablando por teléfono sobre cómo me iban a vender a las redes de tráfico de personas. Salí huyendo y terminé durmiendo en la calle. Una mujer se me acercó para decirme que había un albergue donde podían dormir los chavales de la calle. Allí me rodearon y me violaron varios de ellos. Me violaron”.

Victory repite esta frase como queriendo subrayar el precipicio: había conseguido sortear el zarpazo hasta entonces. Había emprendido un éxodo en búsqueda de educación y derechos. Y seguiría haciéndolo.

“Días después, vi un grupo de hombres y unas pocas mujeres que se preparaba para viajar. Me dijeron que iban a Níger. Yo no tenía dinero para pagar, pero uno de los hombres dijo que pondría mi parte. Una vez allí, trabajamos para costearnos el siguiente por el desierto hasta Marruecos. En la frontera, la policía marroquí nos quitó el dinero, los móviles, nos pegaron y nos devolvieron al lado argelino”.

El cruce de las fronteras es uno de los momentos más arriesgados en un viaje migratorio. Especialmente para las mujeres, que a menudo se exponen a todo tipo de violencias por parte de policías, militares, y miembros de las redes de tráfico de personas. Todo ello por la política europea de cierre de fronteras que les impide viajar de manera normalizada –en un avión, por ejemplo– por proceder de países pobres.

“En aquel tiempo conocí a mucha gente que estaba intentando llegar a Europa. Yo nunca había pensado en Europa. Me explicaron que aquí había protección internacional y que yo tenía derecho a ella. Hablaban de ‘Boza’, que había que cruzar mucha agua, que estábamos a dos horas de un sitio seguro. Trabajaba en casas y pedía en la calle hasta conseguir el dinero que me pedían para subirme a una patera”, recuerda Victory, una mujer con el arrojo y la determinación necesarios para emprender la búsqueda de un lugar en el que sus oportunidades y derechos fuesen respetados sin saber realmente si lo iba a poder encontrar."

"Me aterraba subirme al barco y morirme, pero no quería volver a Nigeria. Me dijeron que serían dos horas y fueron dos días. El 25 de septiembre, a las diez de la mañana, nos sacaron del agua los hombres de Salvamento Marítimo. Fueron muy amables”, repite, subrayando así la hondura del momento del rescate, trascendente por lo traumático del viaje. Así fue como Victory llegó a España y aunque nunca pensó que este sería su destino, aquí ha encontrado un lugar desde el que poder volver a empezar."

imagen del móvil de victory
 

“En Ödos estoy aprendiendo español, nos enseñan lo que debemos saber cuando nos marchemos, vamos a dar paseos, a clases de música, cocinamos y comemos juntas. Me siento segura. He pedido asilo porque no puedo volver a Nigeria. Quiero aprender a ser repostera y trabajar”. O como también dice Victory: “Tener una vida”.

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

El Programa Ödos es una iniciativa piloto en España dirigida a proteger a estas mujeres, niños y niñas en situación de especial vulnerabilidad.
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