Patricia Simón es reportera especializada en derechos humanos y escritora. Su último libro es Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio (Debate, 2022). 

"Las mujeres que pasan un tiempo en el proyecto Ödos solo suelen ser noticia en el instante en el que desembarcan en un puerto del sur de Europa tras sobrevivir a un largo viaje migratorio. Apenas una imagen: alguien envuelto en una manta roja. Poder conversar con ellas en un espacio de confianza y tranquilidad nos permite descubrir la hondura del proceso migratorio: seres humanos que no se resignan a la violencia y a la falta de derechos y que emprenden un éxodo en busca de seguridad y oportunidades".

Fatoumata

Fatoumata

Enero 2024

 


Tengo 26 años, llevo un mes viviendo en Ödos y hace sólo una semana estuve a punto de marcharme. Estaba en la estación de autobuses, había avisado a mi contacto en Francia de que ya estaba en camino, pero no podía parar de pensar en lo que me habían explicado las trabajadoras del centro, en que me asegurase bien de con quién iba, qué iba a hacer, y de que aquí podía tomarme el tiempo necesario para tomar las decisiones. Eran las once de la noche, llamé aquí y les dije que quería volver. Fueron a recogerme y volvimos como si no hubiese pasado nada.


La mujer de París con la que hablo me dice que cuando llegue tendré trabajo y casa. Pero no tengo papeles, ¿cómo los voy a conseguir? Aquí me han explicado que, vaya donde vaya, tengo que empadronarme para protegerme, para existir oficialmente. Y, también, que si me voy y no me va bien, siempre puedo volver.

 

Sé que por todo lo que he vivido puedo pedir la protección internacional, pero me lo estoy pensando. En la región anglófona de Camerún, hay combates entre el Ejército y los ambazonianos que quieren la independencia de su región. Pero a mí esa violencia no me afectó porque yo vivo en la zona francófona. Lo que sí sufrí es mucho por ser mujer.

 

Mi padre murió cuando era pequeña y mi tío me obligó a casarme con un hombre al que yo ni siquiera conocía. Cuando me llevó a su casa, me encerró, no me dejaba salir, abusaba de mí. Pero yo no me resigné. Intenté escapar varias veces. La primera vez me encontró y me pegó mucho. Ni siquiera intenté denunciarle porque en mi país si las mujeres acudimos a las autoridades, nos dicen que nos volvamos a nuestras casas, que los problemas de pareja se gestionan dentro de la familia.

 

Así que volví a escaparme y aquí estoy. Fue mi madre la que me contactó en secreto con un grupo de hombres que me recogieron una noche y me llevaron a un lugar en medio del bosque. Esperamos durante días a que fuésemos un grupo muy grande y entonces comenzó el viaje. Primero, nos llevaron a Nigeria, después a Níger, Argelia, Marruecos… Y, entonces, llegó el viaje en barco.Cuando vimos el barco de Salvamento no sentí nada. No me quedaban fuerzas. Llevaba un día sin beber nada. Ni siquiera podía darle las gracias a Dios en voz alta por haber sobrevivido. Pensaba que moriríamos. Me siento muy orgullosa de haberlo logrado porque sé que muchas personas no lo han conseguido.

 

Ahora estoy muy confundida. No soy capaz de imaginar mi futuro. Solo quiero tener una vida tranquila, retomar mis estudios, conseguir un trabajo, alcanzar una estabilidad.


La mujer de Francia no para de llamarme desde que no me subí al autobús. No le cojo el teléfono. No sé qué voy a hacer. Por ahora, me quedaré un tiempo en Ödos, decidiendo qué quiero hacer con mi vida, pensando.    

 

El tiempo

Algo que jamás han tenido muchas de las mujeres que llegan al centro Ödos es tiempo para ellas, para reflexionar sobre lo que quieren, lo que necesitan, lo que desean y, también, lo que les gustaría dejar atrás. Y ese tiempo, precisamente, es una de las cuestiones que, a menudo, más valoran porque, por primera vez, sienten que tienen el derecho y la posibilidad de decidir sobre sus vidas.

 

Cuando has tenido que huir de tu tierra para buscar derechos y oportunidades, y cuando para ello has tenido que afrontar toda clase de amenazas y violencias, que te brinden el tiempo y el espacio para decidir los siguientes pasos es la forma más transformadora de que te digan que tu vida es valiosa, que merece la pena. Y frente a tanto desprecio, maltrato e impunidad, ese reconocimiento de la valía y la dignidad de todo ser humano, es una potente vía de justicia y reparación. El tiempo es reconocimiento del sufrimiento y acompañamiento en la recuperación.

 

 

 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

 

Fatou Thiam y la búsqueda de una vida con oportunidades

Fatou Thiam y la búsqueda de una vida con oportunidades

Diciembre 2022

 

Soy Fatou Thiam, tengo 42 años y soy de Costa de Marfil. Decidí migrar para tener una vida mejor, más independiente. Mi familia está dispersa por distintos sitios. Mi padre y un hermano murieron, así que solo quedamos mi madre y yo. Sobrevivíamos vendiendo comida, pero a veces no teníamos ni para comprar el arroz.

 

Primero fui a Senegal con un amigo de la infancia. Después, decidimos marcharnos a Marruecos porque conocíamos a algunas personas que nos decían que allí era más fácil encontrar trabajo. En Senegal la situación era de tanta pobreza como en mi país, con la dificultad añadida de que no hablábamos su idioma. En Marruecos, rápidamente, comencé limpiar en una casa y a cuidar de los niños. Me pagaban unos 1.000 dirhams al mes, unos 90 euros. Fue muy duro. Todo era distinto, nada se hacía como yo estaba acostumbrada, tocaba aprenderlo todo de cero. Después me contrató otra familia que me pagaba unos 2.500 dirhams al mes. Pero aún así no podía seguir viviendo en un país tan racista con las personas negras como Marruecos. Los autobuses no paran por nosotros en las paradas, son habituales los robos para quitarnos el móvil, el abrigo o el dinero, y cuando nos quejábamos nos decían que nos lo merecíamos porque estábamos en su país. Sería imposible sobrevivir en esas circunstancias sin la solidaridad que prestan los compatriotas. Para empezar, te dan de comer y techo cuando no tienes.

 

Fue precisamente cuando comencé a juntarme con otros africanos cuando me explicaron que estaban ahorrando para venir a Europa. Una amiga me propuso ayudarme a juntar el dinero y decidí que vendría con ella. Pero en realidad no sabía lo que suponía el viaje. Cuando ya estábamos en alta mar me di cuenta de que estábamos rodeados de agua, que estaba muy profundo y que podíamos morir. Las mujeres y los niños íbamos en el centro de la barca y los hombres alrededor. Éramos 8 mujeres, tres niños y unos 50 hombres. Así que veía poco de lo que pasaba a nuestro alrededor. Creo que eso me salvó porque hubo un hombre que enloqueció. No paraba de hablar. Había quienes vomitaban sin parar.

 

Pasé tres días sin comer ni beber nada. No podía. No me entraba. Entonces llegó Salvamento Marítimo. Todo el mundo se puso de pie, empezaron a gritar y pensé que íbamos a volcar. Los rescatadores nos pedían que permaneciéramos sentados. Fue una sensación de alivio cuando nos pasaron a su barco. Mira, esta es la foto que me tomé con mi amiga cuando nos sentimos a salvo.

 

 

No sabía lo que vendría después. Yo pensaba que iría directamente a Francia. Pero no. Primero pasamos cinco días en la comisaría de policía. Después nos llevaron a un hotel para hacer la cuarentena por el covid. Ahora vivo en Proyecto Ödos hasta que pueda seguir mi viaje. Aquí todo el mundo es amable, es como una gran familia. Lo que más agradezco es la escucha. Me escuchan sin juzgarme, sin presionarme, me puedo expresar con tiempo y calma, y siento que lo único que quieren es ayudarme.

 

Hace mucho que no puedo hablar con mi madre porque no tiene teléfono. A través de conocidos de conocidos intento hacerle llegar el mensaje de que estoy bien. Porque lo estoy. Sé que cuando llegue a Francia no va a ser fácil, pero quiero tener un trabajo, mi casa, casarme, tener hijos. Si pudiera elegir, me gustaría ser maestra porque me gustan mucho los niños. Eso es lo que me habría gustado poder estudiar en mi país.

 

La escucha

 

Cuando le pregunté a Fatou que era lo que más valoraba de estar en el Proyecto Ödos y me respondió “L’ecoute” tuve que repreguntarle para confirmar que la había comprendido correctamente. No tendría que haberme sorprendido porque como periodista sé bien que en contextos de impunidad, cuando nadie atiende a tu dolor ni a las vulneraciones de derechos humanos sufridas, el mero hecho de ser entrevistado, de dar testimonio de lo vivido, resulta reparador. Pero aún así me sorprendió la contundencia y claridad con la que Fatou respondió a mi pregunta.

 

Una palabra que es un mundo, una palabra que llena años de vacío, una palabra que abriga, arropa y cuida: la escucha. La escucha activa, atenta, ajena a juicios de valor, ávida de conocer a la otra persona, de comprenderla, de, con el silencio que entraña la escucha, se consiga transmitir a nuestro interlocutora que su vida importa, que su dolor debe dolernos a todos, que sus aspiraciones son legítimas, que todo el mundo debería querer sentarse con ella a escucharla.

 

La escucha. Fatou había tenido que dejar atrás su vida, su hogar y a su madre para buscar oportunidades; atravesar países, aprender una nueva cultura, subirse a un barco para llegar a otro continente aún más desconocido; encontrarse con que, de nuevo, le tocaba esperar para empezar a construir la vida que desea. Y, después de todo ello, lo que más valora es la escucha. Escuchemos y escuchémonos. Pero, sobre todo, escuchemos. Así, entre tanto ruido, conectaremos de nuevo con el rumor que nunca se apaga: el de la humanidad. Escuchemos y escuchémonos. Porque así todo volverá a tener sentido. Y volveremos a ver a las personas como lo que son: Fatous con unas ansias irreprimibles por tener vidas plenas, por aportar a la sociedad, por desarrollar todas sus destrezas, por ser parte de nuestras comunidades. Escuchemos. Escuchémonos.

 

 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

 

Fátima y el derecho a conectar con una nueva vida

Fátima y el derecho a conectar con una nueva vida

Septiembre 2022

 

Me llamo Fátima, tengo 29 años y, desde hace tres, vivo en España con dos de mis hijos. Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que si quieres algo tienes que buscar la fuerza necesaria e intentarlo. Porque si no nunca harás nada.

Mira, tomé esta foto en la cubierta del barco de Salvamento Marítimo para no olvidar este momento. Ahí sentí que ya no nos podía pasar nada malo. Mira, aquí están mis dos hijos de pequeñitos viviendo en el monte Gurugú. Y esta es de un día que les compré ropa nueva en la ciudad. Estaban tan contentos.

 (Silencio)

 

Esta es del día que me violaron. Cuando esperaba ser atendida en el hospital. Diez policías marroquíes. Delante de mis hijos. Estábamos en el campamento. Allí vivimos los migrantes mientras esperamos poder cruzar el mar. Cuando llegan los policías los hombres huyen, porque si los cogen los deportan a Argelia. Así que las mujeres y los niños y niñas nos quedamos solos. Tuve que esperar cuatro meses a recuperarme para poder intentar subirnos a una patera.

 

***

Soy de Costa de Marfil, de un entorno familiar muy conservador. No era seguro quedarnos con ellos. Es mejor no entrar en detalles. Era como una película de terror. Por eso, tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida: dejar a uno de mis hijos allí, porque tiene una discapacidad y no habría aguantado el viaje, y huir con los otros dos. Le dejé con una mujer en la que confío, hablo con él por teléfono, no podía hacer otra cosa. Cogimos un autobús hasta Níger. Ahí se me acabó el dinero. Un hombre se ofreció a prestarme para seguir el viaje hasta Argelia y después a Marruecos. Nos acompañó durante el viaje. Se convirtió en mi pareja. En Marruecos pasamos tres años. Yo trabajaba en lo que salía para reunir el dinero para venir a Europa. En ese país fue donde sufrí más violencia, más palizas, más vejaciones.

 

***

Cuando llegué a España me hice estos tres piercings: en la lengua, en el labio y en la nariz. Me encantan. Es mi forma de decidir sobre mi cuerpo. En este tiempo aquí he aprendido que un hombre no puede maltratarte, que nadie tiene derecho a hacerte eso. Y cuando llegué a Ödos encontré un sitio donde mis hijos pueden estar tranquilos, ir al colegio, recuperarse psicológicamente de todo lo vivido. Y yo también. Aquí no hay problemas, todos somos como una familia: por fin hemos podido descansar, dormir tranquilos, comer.

 

***

Mira, toda esta gente estuvimos esperando en ese acantilado, durante dos semanas, para poder subirnos a la patera. Había que esperar a que no hubiera policía, a que hiciera buen tiempo. Alguien dijo “¡Ahora!” y salimos corriendo hasta el mar. Ahora estoy feliz porque hablo con la gente con tranquilidad sobre todo lo vivido pero, especialmente, sobre la vida que me gustaría construir con mi hijos. Estoy conectada con mi nueva vida y no la voy a dejar escapar.

 


El apoyo imprescindible del Ayuntamiento de Montilla

El centro en el que la Fundación Emet Arco Iris desarrolla el programa Ödos se encuentra en el municipio cordobés de Montilla. Desde sus inicios, su Ayuntamiento ha jugado un papel primordial para el acompañamiento de estas mujeres y de sus hijos e hijas. En primer lugar, empadronándoles con el acta policial de la llegada en patera. Un documento que no todos los consistorios aceptan para realizar este registro, obstaculizando así la documentación de las personas migrantes y forzándolas, en consecuencia, a la invisiblidad y la clandestinidad durante, al menos, tres años.

 

El empadronamiento es la llave de acceso a derechos fundamentales como la atención médica mediante la tarjeta sanitaria o la escolarización de los niños y niñas, a recursos imprescindibles para la plena inclusión de las mujeres, como la matriculación en cursos y talleres de formación y de aprendizaje del español, y a espacios de socialización como la Escuela de Verano. Todo ello lo garantiza la cooperación del Ayuntamiento de Montilla, “clave para el trabajo que hacemos con las mujeres, los niños y las niñas”, explica Auxiliadora Fernández, directora general de la Fundación EMET Arco Iris.

 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

 

Aminata y el largo viaje en busca de un futuro

Aminata y el largo viaje en busca de un futuro

Junio 2022

 

Cuando estábamos en la patera le pedí perdón a mi hijo. Temí que muriéramos ahogados. Sabía que no teníamos alternativa, pero le pedí perdón por exponerle a ese riesgo. Él no era consciente, no había cumplido ni los dos años. Pero, ahora, por fin, estamos a salvo. Lo único que quiero es un futuro para él.

 

Nací en una aldea cercana a Abiyán, en Costa de Marfil. Nunca fui al colegio, pero todo fue bien hasta que mi padre decidió que debía casarme con alguien a quien yo no conocía. Tenía dieciséis años. No estaba dispuesta a aceptar su imposición, así que huí. Primero, a la capital de mi país. Allí trabajé cocinando y limpiando en una casa y conocí a mi prometido. Él viajó a Marruecos en avión, yo me quedé ahorrando dinero para poder seguir mi liberación. Sabía que allí la familia de mi padre podría encontrarme y que no tenía ninguna oportunidad de mejorar mis condiciones de vida.

 

Viajé en bus por Mali y Mauritania hasta llegar a Marruecos. Allí pasamos dos años y medio: yo trabajando en casas y mi prometido, lavando coches en la calle. Tuvimos a mi hijo, todo parecía ir bien, hasta que un día me encontré con mi tío en las calles de Casablanca. Sé que él y los familiares de mi padre son capaces de cualquier cosa para vengar mi desobediencia, así que fui hasta el desierto de Dahla para coger una patera que nos llevase a las Islas Canarias. Allí no había agua, dependíamos de la que conseguíamos en la ciudad más cercana. Y, entonces, una noche nos subimos a la barcaza y llegamos a España.

 

De Canarias nos trajeron a Ödos, en Córdoba. Mi hijo aquí va al colegio y todas las personas somos iguales. Cada una tenemos nuestra historia propia, la compartimos, lo hablamos, nadie juzga a nadie y todas nos tratamos como iguales. Pero, sobre todo, aquí nos han dado mucho amor. El amor es lo más importante, es lo que nos permite no estar solos. Nunca había recibido tanto amor. Ahora me doy cuenta de que tengo más fuerza que nunca para retomar el sentido de toda esta lucha: que mi hijo tenga educación, salud, una profesión… Un futuro.

 

 

 

Niños y niñas nacidos “en tránsito”

Pese a todos los obstáculos que se han ido encontrando por el camino, hay un aspecto en el que Aminata y su hijo son afortunados: el pequeño cuenta con un certificado de nacimiento en Marruecos. Pese a que debería ser lo normal, no siempre es así. Hay muchos bebés que nacen durante el viaje migratorio y que se convierten en apátridas cuando no los reconoce el país de origen de sus mamás, el de tránsito donde tuvo lugar el parto, ni el de destino de ambos.

 

Esa era la situación de Anna, una niña de 7 años que, en 2018, llegó en patera con su madre a Tarifa (Cádiz). Mayi, camerunesa, había dado a luz en una casa en Marruecos y no había podido registrar a su bebé por temor a que las separasen por estar de manera irregular en el país vecino. Una vez que fueron trasladadas a las instalaciones del Programa Ödos, como todas las criaturas que llegan a este centro situado en la provincia de Córdoba, Anna fue empadronada en Montilla durante los tres meses que vivieron allí.

 

Sin embargo, este registro no bastó para que una vez asentadas en el País Vasco, Mayi pudiera regularizar la situación de la menor. Ante las reiteradas negativas de la Administración para documentarla, Programa Ödos, en colaboración con el bufete de abogados Fundación Profesor Uría, llevó su caso a los tribunales.

 

Y han conseguido que dos sentencias les den la razón. La primera, por el juzgado número 5 de San Sebastián. Sin embargo, la abogacía del Estado apeló en contra de que esta niña dejara de ser apátrida y tuviera acceso, por tanto, a derechos fundamentales como la salud y la educación. Pero este mes de julio, la Audiencia Provincial de Guipúzcoa ha ratificado la sentencia, reconociendo así la nacionalidad española de Anna. Lo hace siguiendo “el interés superior del niño consagrado en las normas internacionales y nacionales”, como reza el veredicto.

 

Ya en 2021, un juez de Montilla autorizó la inscripción en el registro civil de una bebé apátrida nacida en Argelia durante el viaje migratorio de su madre. La madre, de nacionalidad camerunesa, realizó el proceso de regularización de su situación mientras ambas se encontraban residiendo en el programa Odos, de la Fundación Emet Arco Iris.

 

Tres sentencias que sientan jurisprudencia y que, por tanto, suponen un avance sustancial para la defensa y el respeto de los derechos de un colectivo tan vulnerable como son los niños y niñas nacidos durante el viaje migratorio.
 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

Patricia Rodríguez Mejías y la psicología que aprende de las mujeres migrantes

Patricia Rodríguez Mejías y la psicología que aprende de las mujeres migrantes

Abril 2022

mirada patricia rodríguez

 

Comencé a trabajar en Ödos en marzo de 2018, cuando se creó el proyecto, como educadora. Ahora soy psicóloga y trabajar con estas mujeres me ha transformado personal y profesionalmente. Antes las veía como tanta otra gente, como las pobrecitas que venían porque no tienen para comer. Ahora las veo como lo que son: mujeres con un enorme coraje, con la determinación necesaria para migrar en busca de derechos y para impedir que sus criaturas sufran las violencias que ellas han vivido. Para, en definitiva, ofrecerles unas vidas con oportunidades.

 

En Ödos nos esforzamos para que durante las semanas o los meses que permanezcan en el centro, encuentren un espacio de seguridad y tranquilidad donde se puedan restablecer tanto física como emocionalmente. Y, también, para que interioricen que lo más importante para protegerse, una vez que están en Europa, es que se hagan visibles. Porque llevan meses o, incluso, años en un viaje migratorio en el que la supervivencia dependía de su invisibilidad, de que pasaran desapercibidas. Ahora es lo contrario, tienen que saber que allá donde se establezcan, deben empadronarse ellas y sus hijos. Si yo fuese a sus países, serían ellas las que me podrían dar estas claves porque son quienes conocen el contexto. Como están aquí, se las damos nosotras. Pero son ellas las que nos enseñan cada día lecciones de vida con su fortaleza y su determinación para afrontar los problemas.

 

Muchas de estas mujeres están huyendo de la violencia machista ejercida por sus maridos, de matrimonios forzosos o para proteger a sus hijas de la mutilación genital femenina. Pese a que ellas la sufrieron de pequeña, siguen recordando con todo detalle los gritos, el dolor, el miedo.

 

El daño que deja la violencia de género les provoca problemas para dormir, para concentrarse. Por eso, las acompañamos para que fortalezcan su autoestima y que se pongan ellas por delante, como primera persona, para que no repitan los mismos patrones en las siguientes relaciones. Pero ese es un proceso a largo plazo en el que nosotras, en las semanas o meses que están con nosotras, solo podemos darles algunas herramientas.

 

patricia rodríguez

 

En el caso de los niños y niñas que, en muchos casos, han sufrido un proceso migratorio muy violento, tienen mucho miedo al abandono. En ocasiones, sus madres han tenido que dejarles al cuidado de otras personas mientras trabajaban para conseguir el dinero con el que seguir el viaje. Así que en los primeros días que están en el centro, si llegan del colegio y no las ven o, incluso cuando nosotras, la trabajadoras de Ödos, nos despedimos para irnos a nuestras casas, se ponen muy nerviosos. Nos dicen cosas como “Tú no me quieres porque te vas”. Por eso, les enseñamos que aunque no veas a una persona no significa que no esté y que no se preocupe por su bienestar.

 

También abordamos con ellos la educación afectivo-sexual para que aprendan a detectar conductas inapropiadas. Un niño o una niña que ha sufrido abusos no sabe distinguir qué es normal porque a la persona responsable no le ha pasado nada. Así que a través de recursos como el cuento Ni un besito a la fuerza les enseñamos a distinguir entre los besos que quieren recibir y los que no.

 

Cuando escucho todo esos discursos de odio que hay contra las personas migrantes pienso que solo son posibles porque se sostienen en el desconocimiento. Si conocieran a cada una de estas personas no se atreverían a hablar de ellas a la ligera.

 

Hay un niño en el centro que ha pasado por situaciones de muchísima violencia y al que le gusta mucho jugar con armas. Un día, le pregunté por qué jugaba con ellas si sabía que no eran buenas. Me respondió: “Lo sé, pero si no son buenas ¿porque las producen?”.
Me marcó mucho su respuesta porque los adultos damos por sentadas muchas cosas y no paramos de contradecirnos. Cada mujer y cada niño y niña de los que conozco en Ödos me enseñan a diario, no solo sobre ellos sino, especialmente, sobre mí misma.


 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

Victory y la verdad

Victory y la verdad

Febrero 2022

mirada victory

“Nací en Nigeria hace 24 años. Mis padres me abandonaron para formar otras familias. Hasta los trece años me crió una tía por parte de madre. La quería mucho, pero murió cuando yo tenía 13 años. En Nigeria, mucha gente se muere muy joven”.

Nigeria es un país de 206 millones de habitantes: la mitad vive en la extrema pobreza y casi 90 millones, sin acceso a la sanidad más básica. La carencia de lo elemental lo erosiona todo, también las estructuras familiares, como explica Victory, serena y con una precisión notarial. No lamenta, ni recrimina, solo describe lo más destacado de su infancia. Y cuando lo rememora, ella misma se vuelve un poco niña.

“Entonces, me trasladé a vivir con mi madre y su marido empezó a acosarme. Se lo dije y me acusó de querer romper su matrimonio. No me creyó. Conseguí la dirección de mi padre y fui a su casa. Le conté todo lo ocurrido, no me quería, pero me dejó quedarme a cambio de hacerlo todo en la casa antes de ir al colegio. Su esposa me pegaba cuando mi padre estaba de viaje y me amenazaba con echarme de la casa si se lo decía”. Sentada en una sala de la Programa Ödos, podría estar en cualquier sitio porque narra desde un lugar flotante: el de aquella adolescente que no paró de buscar un lugar seguro hasta que llegó a España.  

A los 17 años, una tía de mi madre me encontró en tan malas condiciones que me llevó a vivir con ella. Su marido también intentó abusar de mí y cuando se lo conté, tampoco me creyó. ¿Por qué todo el mundo piensa que miento? Nadie me creía”.

Victory procede de un país azotado por la pandemia de la violencia sexual. Según las Naciones Unidas, una de cada cuatro mujeres nigerianas la ha sufrido o sufrirá antes de los 18 años de edad. Por eso, en 2020, activistas de asociaciones lideradas por mujeres marcharon por distintas ciudades del país para exigir que el Gobierno aplicase medidas contundentes. Se declaró un estado de emergencia por las violaciones de mujeres y niñas. Pero, según un informe de Amnistía Internacional, no ha servido para frenar un sistema depredador basado en la impunidad: solo en 2020, se reportaron 11.200 violaciones, incluidas dos niñas que murieron como consecuencia de la agresión. Y según esta misma organización, estas cifras son solo la punta del iceberg. De esta otra pandemia es de la que Victory huyó:  

“Un día, una amiga de mi tía se me acercó para decirme que ella sí me cuidaría, que me llevaría al colegio. Pensé que otra vez me estaban contando la misma historia de siempre. Le pregunté varias veces si realmente me iba a tratar bien y si iba a dejarme seguir estudiando. No tenía nada que perder, así que me fui con ella a Costa de Marfil”.

Para entonces, Victory ya había cumplido 19 años: según datos de UNICEF, el 40% de las niñas de Nigeria se casan antes de los 18 y casi cinco millones nunca han sido escolarizadas. Y, pese a todo, la situación es sustancialmente mejor que hace apenas quince años.

“Poco después de llegar a Abiyán, me dijo que tenía que ponerme a trabajar. De nuevo, adiós a estudiar. Comencé a limpiar en una casa, donde además cocinaba y cuidaba a los niños. Un día, escuché a la señora hablando por teléfono sobre cómo me iban a vender a las redes de tráfico de personas. Salí huyendo y terminé durmiendo en la calle. Una mujer se me acercó para decirme que había un albergue donde podían dormir los chavales de la calle. Allí me rodearon y me violaron varios de ellos. Me violaron”.

Victory repite esta frase como queriendo subrayar el precipicio: había conseguido sortear el zarpazo hasta entonces. Había emprendido un éxodo en búsqueda de educación y derechos. Y seguiría haciéndolo.

“Días después, vi un grupo de hombres y unas pocas mujeres que se preparaba para viajar. Me dijeron que iban a Níger. Yo no tenía dinero para pagar, pero uno de los hombres dijo que pondría mi parte. Una vez allí, trabajamos para costearnos el siguiente por el desierto hasta Marruecos. En la frontera, la policía marroquí nos quitó el dinero, los móviles, nos pegaron y nos devolvieron al lado argelino”.

El cruce de las fronteras es uno de los momentos más arriesgados en un viaje migratorio. Especialmente para las mujeres, que a menudo se exponen a todo tipo de violencias por parte de policías, militares, y miembros de las redes de tráfico de personas. Todo ello por la política europea de cierre de fronteras que les impide viajar de manera normalizada –en un avión, por ejemplo– por proceder de países pobres.

“En aquel tiempo conocí a mucha gente que estaba intentando llegar a Europa. Yo nunca había pensado en Europa. Me explicaron que aquí había protección internacional y que yo tenía derecho a ella. Hablaban de ‘Boza’, que había que cruzar mucha agua, que estábamos a dos horas de un sitio seguro. Trabajaba en casas y pedía en la calle hasta conseguir el dinero que me pedían para subirme a una patera”, recuerda Victory, una mujer con el arrojo y la determinación necesarios para emprender la búsqueda de un lugar en el que sus oportunidades y derechos fuesen respetados sin saber realmente si lo iba a poder encontrar."

"Me aterraba subirme al barco y morirme, pero no quería volver a Nigeria. Me dijeron que serían dos horas y fueron dos días. El 25 de septiembre, a las diez de la mañana, nos sacaron del agua los hombres de Salvamento Marítimo. Fueron muy amables”, repite, subrayando así la hondura del momento del rescate, trascendente por lo traumático del viaje. Así fue como Victory llegó a España y aunque nunca pensó que este sería su destino, aquí ha encontrado un lugar desde el que poder volver a empezar."

imagen del móvil de victory
 

“En Ödos estoy aprendiendo español, nos enseñan lo que debemos saber cuando nos marchemos, vamos a dar paseos, a clases de música, cocinamos y comemos juntas. Me siento segura. He pedido asilo porque no puedo volver a Nigeria. Quiero aprender a ser repostera y trabajar”. O como también dice Victory: “Tener una vida”.

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

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