Diciembre 2022

 

Soy Fatou Thiam, tengo 42 años y soy de Costa de Marfil. Decidí migrar para tener una vida mejor, más independiente. Mi familia está dispersa por distintos sitios. Mi padre y un hermano murieron, así que solo quedamos mi madre y yo. Sobrevivíamos vendiendo comida, pero a veces no teníamos ni para comprar el arroz.

 

Primero fui a Senegal con un amigo de la infancia. Después, decidimos marcharnos a Marruecos porque conocíamos a algunas personas que nos decían que allí era más fácil encontrar trabajo. En Senegal la situación era de tanta pobreza como en mi país, con la dificultad añadida de que no hablábamos su idioma. En Marruecos, rápidamente, comencé limpiar en una casa y a cuidar de los niños. Me pagaban unos 1.000 dirhams al mes, unos 90 euros. Fue muy duro. Todo era distinto, nada se hacía como yo estaba acostumbrada, tocaba aprenderlo todo de cero. Después me contrató otra familia que me pagaba unos 2.500 dirhams al mes. Pero aún así no podía seguir viviendo en un país tan racista con las personas negras como Marruecos. Los autobuses no paran por nosotros en las paradas, son habituales los robos para quitarnos el móvil, el abrigo o el dinero, y cuando nos quejábamos nos decían que nos lo merecíamos porque estábamos en su país. Sería imposible sobrevivir en esas circunstancias sin la solidaridad que prestan los compatriotas. Para empezar, te dan de comer y techo cuando no tienes.

 

Fue precisamente cuando comencé a juntarme con otros africanos cuando me explicaron que estaban ahorrando para venir a Europa. Una amiga me propuso ayudarme a juntar el dinero y decidí que vendría con ella. Pero en realidad no sabía lo que suponía el viaje. Cuando ya estábamos en alta mar me di cuenta de que estábamos rodeados de agua, que estaba muy profundo y que podíamos morir. Las mujeres y los niños íbamos en el centro de la barca y los hombres alrededor. Éramos 8 mujeres, tres niños y unos 50 hombres. Así que veía poco de lo que pasaba a nuestro alrededor. Creo que eso me salvó porque hubo un hombre que enloqueció. No paraba de hablar. Había quienes vomitaban sin parar.

 

Pasé tres días sin comer ni beber nada. No podía. No me entraba. Entonces llegó Salvamento Marítimo. Todo el mundo se puso de pie, empezaron a gritar y pensé que íbamos a volcar. Los rescatadores nos pedían que permaneciéramos sentados. Fue una sensación de alivio cuando nos pasaron a su barco. Mira, esta es la foto que me tomé con mi amiga cuando nos sentimos a salvo.

 

 

No sabía lo que vendría después. Yo pensaba que iría directamente a Francia. Pero no. Primero pasamos cinco días en la comisaría de policía. Después nos llevaron a un hotel para hacer la cuarentena por el covid. Ahora vivo en Proyecto Ödos hasta que pueda seguir mi viaje. Aquí todo el mundo es amable, es como una gran familia. Lo que más agradezco es la escucha. Me escuchan sin juzgarme, sin presionarme, me puedo expresar con tiempo y calma, y siento que lo único que quieren es ayudarme.

 

Hace mucho que no puedo hablar con mi madre porque no tiene teléfono. A través de conocidos de conocidos intento hacerle llegar el mensaje de que estoy bien. Porque lo estoy. Sé que cuando llegue a Francia no va a ser fácil, pero quiero tener un trabajo, mi casa, casarme, tener hijos. Si pudiera elegir, me gustaría ser maestra porque me gustan mucho los niños. Eso es lo que me habría gustado poder estudiar en mi país.

 

La escucha

 

Cuando le pregunté a Fatou que era lo que más valoraba de estar en el Proyecto Ödos y me respondió “L’ecoute” tuve que repreguntarle para confirmar que la había comprendido correctamente. No tendría que haberme sorprendido porque como periodista sé bien que en contextos de impunidad, cuando nadie atiende a tu dolor ni a las vulneraciones de derechos humanos sufridas, el mero hecho de ser entrevistado, de dar testimonio de lo vivido, resulta reparador. Pero aún así me sorprendió la contundencia y claridad con la que Fatou respondió a mi pregunta.

 

Una palabra que es un mundo, una palabra que llena años de vacío, una palabra que abriga, arropa y cuida: la escucha. La escucha activa, atenta, ajena a juicios de valor, ávida de conocer a la otra persona, de comprenderla, de, con el silencio que entraña la escucha, se consiga transmitir a nuestro interlocutora que su vida importa, que su dolor debe dolernos a todos, que sus aspiraciones son legítimas, que todo el mundo debería querer sentarse con ella a escucharla.

 

La escucha. Fatou había tenido que dejar atrás su vida, su hogar y a su madre para buscar oportunidades; atravesar países, aprender una nueva cultura, subirse a un barco para llegar a otro continente aún más desconocido; encontrarse con que, de nuevo, le tocaba esperar para empezar a construir la vida que desea. Y, después de todo ello, lo que más valora es la escucha. Escuchemos y escuchémonos. Pero, sobre todo, escuchemos. Así, entre tanto ruido, conectaremos de nuevo con el rumor que nunca se apaga: el de la humanidad. Escuchemos y escuchémonos. Porque así todo volverá a tener sentido. Y volveremos a ver a las personas como lo que son: Fatous con unas ansias irreprimibles por tener vidas plenas, por aportar a la sociedad, por desarrollar todas sus destrezas, por ser parte de nuestras comunidades. Escuchemos. Escuchémonos.

 

 

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

 

El Programa Ödos es una iniciativa piloto en España dirigida a proteger a estas mujeres, niños y niñas en situación de especial vulnerabilidad.
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