Febrero 2022

mirada victory

“Nací en Nigeria hace 24 años. Mis padres me abandonaron para formar otras familias. Hasta los trece años me crió una tía por parte de madre. La quería mucho, pero murió cuando yo tenía 13 años. En Nigeria, mucha gente se muere muy joven”.

Nigeria es un país de 206 millones de habitantes: la mitad vive en la extrema pobreza y casi 90 millones, sin acceso a la sanidad más básica. La carencia de lo elemental lo erosiona todo, también las estructuras familiares, como explica Victory, serena y con una precisión notarial. No lamenta, ni recrimina, solo describe lo más destacado de su infancia. Y cuando lo rememora, ella misma se vuelve un poco niña.

“Entonces, me trasladé a vivir con mi madre y su marido empezó a acosarme. Se lo dije y me acusó de querer romper su matrimonio. No me creyó. Conseguí la dirección de mi padre y fui a su casa. Le conté todo lo ocurrido, no me quería, pero me dejó quedarme a cambio de hacerlo todo en la casa antes de ir al colegio. Su esposa me pegaba cuando mi padre estaba de viaje y me amenazaba con echarme de la casa si se lo decía”. Sentada en una sala de la Programa Ödos, podría estar en cualquier sitio porque narra desde un lugar flotante: el de aquella adolescente que no paró de buscar un lugar seguro hasta que llegó a España.  

A los 17 años, una tía de mi madre me encontró en tan malas condiciones que me llevó a vivir con ella. Su marido también intentó abusar de mí y cuando se lo conté, tampoco me creyó. ¿Por qué todo el mundo piensa que miento? Nadie me creía”.

Victory procede de un país azotado por la pandemia de la violencia sexual. Según las Naciones Unidas, una de cada cuatro mujeres nigerianas la ha sufrido o sufrirá antes de los 18 años de edad. Por eso, en 2020, activistas de asociaciones lideradas por mujeres marcharon por distintas ciudades del país para exigir que el Gobierno aplicase medidas contundentes. Se declaró un estado de emergencia por las violaciones de mujeres y niñas. Pero, según un informe de Amnistía Internacional, no ha servido para frenar un sistema depredador basado en la impunidad: solo en 2020, se reportaron 11.200 violaciones, incluidas dos niñas que murieron como consecuencia de la agresión. Y según esta misma organización, estas cifras son solo la punta del iceberg. De esta otra pandemia es de la que Victory huyó:  

“Un día, una amiga de mi tía se me acercó para decirme que ella sí me cuidaría, que me llevaría al colegio. Pensé que otra vez me estaban contando la misma historia de siempre. Le pregunté varias veces si realmente me iba a tratar bien y si iba a dejarme seguir estudiando. No tenía nada que perder, así que me fui con ella a Costa de Marfil”.

Para entonces, Victory ya había cumplido 19 años: según datos de UNICEF, el 40% de las niñas de Nigeria se casan antes de los 18 y casi cinco millones nunca han sido escolarizadas. Y, pese a todo, la situación es sustancialmente mejor que hace apenas quince años.

“Poco después de llegar a Abiyán, me dijo que tenía que ponerme a trabajar. De nuevo, adiós a estudiar. Comencé a limpiar en una casa, donde además cocinaba y cuidaba a los niños. Un día, escuché a la señora hablando por teléfono sobre cómo me iban a vender a las redes de tráfico de personas. Salí huyendo y terminé durmiendo en la calle. Una mujer se me acercó para decirme que había un albergue donde podían dormir los chavales de la calle. Allí me rodearon y me violaron varios de ellos. Me violaron”.

Victory repite esta frase como queriendo subrayar el precipicio: había conseguido sortear el zarpazo hasta entonces. Había emprendido un éxodo en búsqueda de educación y derechos. Y seguiría haciéndolo.

“Días después, vi un grupo de hombres y unas pocas mujeres que se preparaba para viajar. Me dijeron que iban a Níger. Yo no tenía dinero para pagar, pero uno de los hombres dijo que pondría mi parte. Una vez allí, trabajamos para costearnos el siguiente por el desierto hasta Marruecos. En la frontera, la policía marroquí nos quitó el dinero, los móviles, nos pegaron y nos devolvieron al lado argelino”.

El cruce de las fronteras es uno de los momentos más arriesgados en un viaje migratorio. Especialmente para las mujeres, que a menudo se exponen a todo tipo de violencias por parte de policías, militares, y miembros de las redes de tráfico de personas. Todo ello por la política europea de cierre de fronteras que les impide viajar de manera normalizada –en un avión, por ejemplo– por proceder de países pobres.

“En aquel tiempo conocí a mucha gente que estaba intentando llegar a Europa. Yo nunca había pensado en Europa. Me explicaron que aquí había protección internacional y que yo tenía derecho a ella. Hablaban de ‘Boza’, que había que cruzar mucha agua, que estábamos a dos horas de un sitio seguro. Trabajaba en casas y pedía en la calle hasta conseguir el dinero que me pedían para subirme a una patera”, recuerda Victory, una mujer con el arrojo y la determinación necesarios para emprender la búsqueda de un lugar en el que sus oportunidades y derechos fuesen respetados sin saber realmente si lo iba a poder encontrar."

"Me aterraba subirme al barco y morirme, pero no quería volver a Nigeria. Me dijeron que serían dos horas y fueron dos días. El 25 de septiembre, a las diez de la mañana, nos sacaron del agua los hombres de Salvamento Marítimo. Fueron muy amables”, repite, subrayando así la hondura del momento del rescate, trascendente por lo traumático del viaje. Así fue como Victory llegó a España y aunque nunca pensó que este sería su destino, aquí ha encontrado un lugar desde el que poder volver a empezar."

imagen del móvil de victory
 

“En Ödos estoy aprendiendo español, nos enseñan lo que debemos saber cuando nos marchemos, vamos a dar paseos, a clases de música, cocinamos y comemos juntas. Me siento segura. He pedido asilo porque no puedo volver a Nigeria. Quiero aprender a ser repostera y trabajar”. O como también dice Victory: “Tener una vida”.

 


“Hazte visible”

“Ser invisible puede ser bueno durante el viaje para sobrevivir y llegar a tu destino, pero una vez que estás en Europa es contraproducente. Eso es lo que les decimos: que se hagan visibles para que estén menos desprotegidas”, explica Teresa Girón, directora del centro Ödos, un programa destinado a acompañar la movilidad humana con enfoque de género y de infancia.

 

El Programa Ödos es una iniciativa piloto en España dirigida a proteger a estas mujeres, niños y niñas en situación de especial vulnerabilidad.
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